Comenzaba
un nievo día, el sol empezaba a asomarse en el Este, justo lo que hacía falta
para calentar esa celda fría, el coñac estaba por terminarse, en el suelo se
encontraba dormido Arlechio…
Por
otra parte, el señor adinerado estaba justo por tocar la puerta de uno de los
mozos, no podía ocultar su enojo en su rostro, se abrió la puerta de par en par
y el mozo de forma educada saludo:
—¡Bueno
días mi señor! ¿Por qué tengo el honor de su visita?
—Bien
sabes por qué estoy aquí, —respondió el señor adinerado con mucho enojo.
—bueno
vera… la verdad es que decidimos dar más tiempo a que avancen con la
construcción de las viviendas para que cuando se vengan abajo todo sea más
doloroso y quede la gente sin esperanza alguna, se nos ocurrió antes de
detonar, pero si gusta en este momento detonamos, todo esta listo.
—Muy
bien, hasta que se les ocurre algo bueno a demás la otra parte del plan sigue
en marcha; tienes dos días más, en dos días más esos muros tendrán que caer.
—así será señor no se preocupe —le respondió el mozo de forma educada.
En
el pueblo el ángel de luz cuya luz y alas se habían desvanecido, daba un
recorrido por las calles, el día comenzaba a nublarse y todo indicaba que se
aproximaba la lluvia, el señor amable acompañaba al ángel de luz en su búsqueda
hasta que decidieron separarse para abarcar más territorio.
—Le
parece que yo tome esta ruta y usted tome esta otra, y nos encontraremos en el
centro del pueblo —dijo el señor amable—.
—Es
una buena idea —respondió el ángel de luz—-.
El
camino que tomaron los llevaría a una tarde llena de amargura y ellos no se lo
esperaban. El ángel de luz comenzó a caminar y volteaba a todos lados, muy
angustiada pues no sabía nada de Arlechio; el hombre amable preguntaba entre
sus conocidos si alguien lo había visto, nadie sabía nada, todo lo que veían
era a la gente que trabajaba duro para restaurar lo que un día fue un pueblo
lleno de magia.
—Se encuentra my lady, noto que está
preocupada por algo, dígame si le puedo ayudar —dijo el hombre adinerado al
ángel de luz al mismo tiempo que ofrecía su mano para saludar—.
—Si,
vera ando buscado a Arlechio, el hombre que me acompañaba cuando nos conocimos
la otra vez. —ya lo recuerdo, fue la vez que desprecio mi invitación, pero
pierda cuidado yo no soy rencoroso —¿no lo ha visto? —No, no lo he visto, pero…
acompáñeme podemos preguntar en estas casas.
Comenzaron
preguntando en cada una de las casas que se encontraban en el camino hasta que,
al tocar en una de esas casas, el rostro del ángel de luz cambio completamente,
era una casa abandonada, la puerta se mantenía en pie, los muros de enfrente
estaban regados por todo el piso, nadie vivía allí, y en la pared del fondo se veía
escrito con letras grandes “me voy al otro pueblo odio este lugar, nos vemos después…
firma Arlechio”